En un país tan soberbio y narcisista como España la primera reacción tras una crisis de cualquier tipo es la busqueda de responsables o culpables. La expiación de la culpa, su proyección exterior, es el mejor placebo para sobrellevar una situación crítica. La hipermediatización mediática tertuliana (el Partido de las Tertulias) mantiene una ideología antiinstitucional que dispara contra todo lo que se mueve. De esta manera no queda prácticamente ninguna institución sin ser salpicada por la sangre de la venta de audiencias. La crítica se sustituye por la polémica y la sabiduría por la dialéctica.
Algunas de esas instituciones manchadas por la irreflexión son las organizaciones ideológicas de izquierda (partidos y sindicatos). Hay más pero me preocupan menos.
Ante este aluvión de desinformaciones y opiniones sesgadas la reacción natural es la sectarización. El ataque externo cohesiona internamente. Sin embargo, yo defiendo la profusión. La necesidad de contraprogramar con análisis reales de los problemas actuales. Dicho sea de otra manera, la necesidad de repensarnos independientemente de lo que piensen de nosotros.
Así surge esta auditoria. Uno de esos pensamientos largos que nadie leerá pero que estructuran un cerebro alrededor de unas ideas.
¿Qué hacemos mal las organizaciones ideológicas de izquierda? De inicio, los problemas son comunes a todas las organizaciones. Lo que ocurre es que las empresariales y de derechas me interesan poco. Podemos dibujar algunos vectores sin ánimo de exhaustividad.
De inicio las OII no han entendido las nuevas dinámicas individuales. Asumen el individualismo pero continuan con la colectivización en una extraña convivencia paralela. Mientras las decisiones son permanentemente colectivas, incluso las más nimias, la sociedad se estructura en red y se relaciona de manera horizontal lo que rompe la jerarquización y la verticalidad propias de las OII. Así las más asamblearias gestionen la ratio decisión/tiempo demasiado lentamente.
La gestión del talento se continua produciendo por cooptación y no por observación. En un modelo en red la visión global es mucho más sencilla ya que la posición de observación no es muy alta. Solamente se debe estar atento para gestionar adecuadamente el talento. Sin embargo, las OII siguen gestionando el talento por alineación grupal en lugar de por gestión individual.
El proceso de envejecimiento celular de las OII es alarmante. Se dan todas las circunstancias de un anciano ideológico. Es lento, utiliza demasiado la memoria, y demasiado poco la imaginación. Acumula desconfianza, y es observado como un vestigio del pasado.
Así, por ejemplo, pocas OII no han interpretado correctamente la revolución hacia la sociedad de la información desde la sociedad postindustrial. Es una cuestión generacional. En un punto de los años 90 se produjo un tapón generacional en las OII que impide que el cambio de valores de la primera generación virtualizada tenga acceso a cuotas de poder. La generación de la transición evita la transición.
Así los liderazgos y los comportamientos se suceden en valores conservados y en algun caso conservadores dentro de la izquierda. El sindicalismo del enfado o la pataleta es una buena muestra. La política de testimonio es otra. La izquierda requiere transformación de la realidad. Y para transformar la realidad hay que conocerla. No negarla. Los liderazgos requieren hoy en día un plus de rebeldía, unida al rigor, la formación, la credibilidad, la honestidad y la creatividad. Debemos ser capaces de romper fronteras conceptuales, de hacer lo que otros les gustaría. La cadena de representatividad que ha interiorizado el ser ideológico actual requiere liderazgos en valores por muy anglosajón que nos resulte el término. El liderazgo actual surge por estres decisional y sofisticación conceptual. La vida se ha vuelto tan complicada y tan urgente que debemos subcontratar algunas decisiones. Y lo hacemos en las personas que nos resultan confiables.
Somos observados como organizaciones rigidas. A pesar de escribir y redactar las vanguardias ideológicas, la praxis es rígida, inerte y rutinaria. Se hace lo mismo que hace veinte años ante realidades completamente diferentes.
La creación de colectividades se produce entorno a preocupaciones parciales y la búsqueda del pensamiento global se debe producir sobre el concepto de pegamento humano. El lobbismo parcial horizontal debe ser pegado entre sí.
La nueva sociedad en red permite alterar las estructuras sin romperlas. Junto a estructuras verticales formales surgen estructuras horizontales informales que acabaran por reestructurar el sector en función de una especie de franquicia ideológica adaptable, flexible pero reconocible. La lucha ideológica se produce en las mentes de la gente. El neoliberalismo es claro vencedor en los últimos veinte años. Y el socioliberalismo es la mejor muestra. Hemos de entender que nuestra lucha no está ni en la calle ni en los centros de trabajo sino en las mentes de la gente. Y para ello debemos dominar todas las fuentes de entrada. El dominio de las habilidades de comunicación ha sido históricamente la máxima fuente de riqueza ideológica para la izquierda. Sin embargo, hemos de sustituir la elaboración por la deconstrucción. Partiendo de lo complejo hemos de llegar a lo sencillo. Y repetirlo tantas veces sea necesario. La única manera de sobrevivir en una tempestad informativa es ser un rayo.
La reformar del sistema representativo endogámico es urgente y de supervivencia. No se puede seguir sobreviviendo con el mismo sistema de funcionamiento inventado en la Grecia clásica. Es posible y necesario establecer mecanismos de decisión amplios, eficaces y rápidos. Existe la tecnologia necesaria. Eso implicará sin duda alguna una horizontalización y una pérdida de control de los nucleos de decisión actuales. Los mismo nucleos que niegan la evolución en una especie de suicidio ideológico por asfixia. La representacion de sistema endogámico -como la toma de decisiones endogámica- debe dejar paso a una representatividad hacia afuera. Listas abiertas y elecciones primarias serían los primeros pasos.
En definitiva, en una sociedad de opinadores se necesitan accionadores, en una sociedad de pensamiento se necesita movimiento. En una sociedad de habladores se necesitan escuchadores.
Podemos seguir pensando que las críticas externas son injustas. O podemos hacernos las justas.
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